Se haprofetizado, advertido, anunciado e informado insaciablemente: Llega la crisis! Y con tal avalancha de advertencias catastróficas, como no podía ser de otro modo, el miedo, la incertidumbre, la angustia y el pánico también nos ha alcanzado.
Que nos afecte la crisis es previsible como lo es también nuestra reacción ante ella. Somos un animal social y, como tal, reaccionamos según parámetros bien predeterminados. Alguien, no se sabe muy bien con qué intención, gritó a viva voz: ¡Que viene el lobo! Y tras aquel fatídico instante sin haber comprobado aún si tal lobo llegó o no, todos los pastores se quedaron sin ovejas, ya que éstas presas del pánico, huyeron despavoridas. De igual modo que cualquier ser humano, ante el miedo, se puede precipitar en una acción temeraria también puede quedar absolutamente paralizado. Ante la crisis somos como el niño que se queda bloqueado en la habitación a oscuras, presa de su miedo. Nos cuesta entender que en demasiadas ocasiones el único modo de salir del temor a “la oscuridad” es pasar a través de ella para llegar finalmente al interruptor que nos aguarda al otro lado de la habitación.
Un único modo de salir del temor a “la oscuridad” es pasar a través de ella.
Dicen que no hay mal que por bien no venga, si esto es así, podríamos aplicar la acepción oriental a la palabra crisis como aquella oportunidad de cambio que se nos presenta de modo imprevisto. Oportunidad para reflexionar si nuestra pretendida y ansiada conciliación entre vida personal, familiar y laboral no será una panacea. Oportunidad para considerar si la supuesta calidad de vida era lo que estábamos consiguiendo cuando teníamos más trabajo del que necesitábamos pero no el suficiente como para saciarnos o sentirnos seguros. Oportunidad de comprobar si la rutina en la que vivíamos era generadora de un verdadero confort y bienestar o un nuevo modo de esclavitud fruto de un prejuicio social que ha ensalzado el trabajo por encima de todo convirtiéndonos en autómatas, tanto para producir como para consumir lo producido. Oportunidad para plantearnos por qué razón nos hemos convertido en extraños dentro de la propia pareja, ajenos a los problemas y necesidades de los nuestros por mantener un supuesto “nivel de vida” cuyo eje central era el laboral. Es bien sabido que la palabra nivel debe siempre referirse a algo concreto con lo que poder ser comparado o medido y, cuando nos hablaron de alcanzar cierto “nivel de vida” no nos advirtieron de que éste no era otro que el de los más profundos abismos. Jamás ha habido tanto estrés, ansiedad, depresión e insatisfacción, como tampoco tantos problemas en la educación infantil o en las relaciones íntimas. Nuestro frenético ritmo laboral nos dejó sin horarios para ver a nuestra pareja, ni posibilidad de atender las necesidades de nuestros hijos y, de este modo, hemos sido los que buscaron tranquilidad y seguridad en una supuesta estabilidad económica que les arrebató: familia, tiempo, intimidad, descanso, ocio y, por supuesto, la propia sensación de tranquilidad.
¿Podremos vivir con menos económicamente?, ¿Podremos disfrutar de lo que la ausencia de trabajo nos pueda ofrecer? ¿Será esta crisis una oportunidad para el cambio?
GABINETE BIDANE
Psicología - psicopedagogía y sexología
Laudio (Alava) 94-6723625
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